Loveless, de Brian Azzarello

julio 21, 2009 at 12:18 am (DC, Planeta, Vertigo, Western)

loveless
¿Por qué será que la mayor parte de ejemplos de cómics adscribibles al género del Western que consigo recordar son europeos? ¿No lo encontráis paradójico, habida cuenta de que el género tiene sus raices en Estados Unidos? De hecho, y haciendo un pequeño ejercicio de memoria (y éso en mi caso es indicador de escasa fiabilidad) ahora mismo sólo me viene a la cabeza otro ejemplo actual de una serie yanki que podríamos encuadrar dentro del Western.
Así pues, Loveless sería una excepción dentro de un panorama comiquero donde es Europa quien enarbola la bandera de un género prestado y del que me atrevería a decir que su público no destaca precisamente por su juventud (qué queréis que os diga, no concibo a un niño disfrutando de la lectura de un Blueberry, por ejemplo). La observación no es gratuíta, como se verá a continuación.
Brian Azzarello, el guionista de Loveless, ya había hecho sus pinitos dentro del género con una obra menor a la par que mediocre, que salió editada bajo el sello Vertigo, propiedad de DC, y que recibió el título de El Diablo, cuyo dibujante, Daniel Zezejl, es, curiosamente, uno de los que toman parte (junto a Marcelo Frusin, con quien Brien ya trabajó en Hellblazer, o Werther Dell’Edera) en la serie que tenemos entre manos. Según Azzarello El Diablo “plantó las semillas” para esta Loveless, también publicada dentro de Vertigo.
Azzarello retoma una iconografía que acaso bebe más del Spaghetti que del Western más clásico para contar una historia que gira en torno a la Venganza (sí, así, con mayúsculas) y que se halla ambientada en la posguerra del conflicto civil que enfrentó a unionistas y confederados, el Norte y el Sur. Un Western salvaje, cruel, quizás más cercano a la realidad que la imagen mítica que nos ha hecho llegar su producción más clásica.
La acción tiene lugar en Blackwater, un pueblo del sur, donde el recuerdo de la derrota sigue todavía vivo, nutrido por las ignominiosas condiciones impuestas por los vencedores y la sangre vertida, un escenario donde además confluye un odio racial de amplio espectro que se encuentra en la misma base de la historia norteamericana. De hecho, parece que la intención del guionista era la de llevar a cabo una ambiciosa obra que tratara escabrosos temas en torno al carácter y nacimiento de una nación, la norteamericana, relacionándolos con la propia naturaleza humana, y que conllevaba el que la narración acabase en 1940. Los últimos tres números de la colección, que se encuentran fuera de la continuidad argumental y cronológica de la primera historia narrada en la serie, vendrían a avalar el fundamento del plan original de Azzarello. Desafortunadamente Loveless no tuvo éxito y acabó siendo cancelada en su número 24.
Loveless presenta una historia simple, llana, acorde al género, pero no por ello exenta de fuerza expresiva, igualmente en consonancia con la potencia que brinda el Western. Y Azzarello se muestra especialmente hábil en esta obra, donde la violencia, cruda, detenta un papel primordial, en la línea a la cual el guionista ya nos acostumbró con su serie 100 balas, hasta la fecha su obra más ambiciosa y que más fama le ha reportado. Respecto a otros cómics europeos que tienen también al Western como referente, Azzarello utiliza un lenguaje más directo, junto a una evidente reducción de los diálogos, así como un ritmo más dinámico, características con las que estará familiarizado el lector habitual de tebeo norteamericano actual y que no sería de extrañar pudieran atraer a un público más joven.
Una entretenida lectura, a ratos sorprendente, que no creo que deje indiferente a quien se atreva con ella, que a buen seguro convencerá, y con creces, a los fans del Eastwood de la trilogía del Dólar o Deadwood y que se puede disfrutar ahora en castellano con los tres tomos publicados por Planeta.

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Julius… ¿Caesar?

junio 16, 2009 at 2:06 pm (Oni Press, Planeta, Serie negra)

julius

Julius, Soltad a los perros de la guerra es una novela gráfica escrita por Antony Johnston y dibujada por Brett Weldele, publicada por Oni Press en los USA y editada aquí por Planeta deAgostini en 2005. Este cómic adapta la obra teatral de William Shakespeare, Julio César, sólo que convirtiendo al destacado líder político y militar de la República romana en un jefe de la mafia londinense.
El tebeo nos habla de los últimos días en la vida de Julius, asesinado por una conspiración orquestada por Cassidy, un destacado jefe de la mafia, que se verá ayudado entre otros por Brett, alter ego del Bruto histórico, hombre de confianza del primero, así como las repercusiones inmediatas que la muerte de tamaño líder comportan.
Como adaptación y a simple vista Julius respeta la estructura de la tragedia del célebre dramaturgo, así como buena parte de los personajes dramáticos que toman parte en un argumento donde están presentes varios de los temas de la obra de Shakespeare, tales como el honor, la ambición, la amistad, la venganza… Aquí el tema del “patriotismo”, fundamental en la obra original (Bruto asesina a César en su interés por salvaguardar la República) se ve transformado en lealtad a “la Agencia” (la institución representada por la mafia). Lo cierto es que Johnston pone cuidado en diversos elementos, donde habría que destacar los diálogos, que remiten directamente a la obra que se encuentra en la base de lo que no deja de ser un tebeo de serie negra. Otro detalle que evidencia el interés del guionista por indicar que Julius encarna a Cayo Julio César es el plural mayestático que usa de forma habitual.
Ahora bien, ¿funciona bien Julius como cómic? Para empezar debe tenerse en cuenta que el tebeo tiene menos de 150 páginas a lo largo de las cuales aparecen e interactúan una veintena de personajes.El formato es pequeño, de tres o cuatro viñetas por página. En resumidas cuentas, todo un desafío para el equipo artístico.
Dicho esto, en la parte positiva debe reconocerse que el tebeo se lee de forma fluida. En la negativa, sin embargo, a veces se echa en falta una caracterización más detallada, aspecto que también afecta al aspecto gráfico ya que el estilo de Weldele se ciñe a una simplicidad funcional que exige del lector un esfuerzo por identificar nimios detalles descriptivos que le permitan diferenciar a unos personajes de otros ya que todos ellos gustan de vestir de Armani. Esta circunstancia también afecta al escenario en el que acontece la acción, un Londres que bien podría ser Los Angeles o París. Por otro lado, la plasmación en cómic de la obra teatral de Shakespeare contiene ideas originales que desafortunadamente no son explotadas como quizás debieran haberlo sido (el hecho de que Julius sea negro es una de ellas).
Un tebeo personal, difícil de llevar a cabo y entretenido, que aunque no llegue a satisfacer las expectativas que un lector podría albergar de conocer su fuente de inspiración sí que puede que contente al fan de thriller de serie negra.

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Shade el hombre cambiante, de Peter Milligan

mayo 1, 2009 at 4:11 pm (DC, Planeta, Vertigo)

Hablar de Shade el hombre cambiante no es fácil, así que iré por partes.

Se trata de una serie perteneciente al sello Vértigo de DC Comics, basada en un personaje creado por Steve Ditko y adaptado para ésta por Peter Milligan, autor británico que se mantuvo encargado del guión a lo largo de los setenta números que vieron la luz antes de que la serie fuera cancelada. En el apartado gráfico muchos fueron los artistas que pasaron por sus páginas, siendo posiblemente el más destacado de ellos Chris Bachalo.Publicada entre 1990 y 1996 en Yankilandia, en nuestro país Planeta ha acabado por editarla de forma íntegra en 17 tomos, todavía disponibles.

Shade nació en plena época dorada del sello Vertigo, conviviendo junto a series que le arrebataron gran parte de la atención del fandom; series como Sandman, de Neil Gaiman o Preacher, de Garth Ennis. Curiosamente en nuestro país ha sucedido algo paralelo, ya que mientras que Sandman o Predicador eran publicadas por entero e incluso gozaban de varias ediciones, Shade sólo merecía dos prestigios Zinco hasta su relativamente reciente edición íntegra a cargo de Planeta. ¿Puede explicarse esta desigual atención por parte de editores y aficionados? Quizás su premisa argumental aporte información al respecto:

Shade es un joven poeta romántico que es enviado a la Tierra para poner freno a una oleada de locura que amenaza no sólo a este planeta sino también a la dimensión de donde nuestro protagonista proviene, llamada Meta. Para llevar a cabo su arriesgada misión, Shade cuenta con un chaleco de locura con el que puede moldear la realidad a su antojo.
Desafortunadamente las cosas no le resultarán fáciles. Su cuerpo físico muere al poco de caer en una dimensión intermedia entre Meta y la Tierra, llamada el Área de Locura, y por lo que respecta a su mente ésta va a parar al cuerpo de un asesino, Roy Drezner, recientemente ejecutado en la silla eléctrica por haber asesinado a sangre fría a los padres de Kathy, una joven de la que Shade acaba enamorándose y cuyas facultades mentales están seriamente perturbadas desde el día que descubrió los cadáveres de sus padres y presenció cómo su novio afroamericano era abatido por la policía en un malentendido donde el racismo sureño tuvo buena parte de culpa.


Sí, en efecto. Rocambolesco. Surrealista.
Pero no os dejéis llevar a engaño. Aunque la locura, la irracionalidad y un discurso surrelista ocupan siempre un primer plano en la vida cotidiana de Shade, la serie trata fundamentalmente de un tema que obsesiona a Milligan especialmente y que no es otro que el de la identidad personal. ¿Quiénes somos? ¿Cómo definirnos? ¿Llegamos realmente a conocernos? ¿Cómo nos afecta el cambio?
A pesar de que la Shade presenta unos orígenes que residen en el género superheroico es en manos de Milligan cuando la serie cederá un protagonismo indiscutible a la definición y la caracterización de los personajes, características éstas quienes se constituyen como las responsables de articular las distintas líneas argumentales. Y es que Shade el hombre cambiante es una serie de Personajes. Sí, con mayúscula.
Aquí Shade es el centro indiscutible. Y lo de “cambiante” no es gratuito, ni mucho menos, ya que el protagonista se encuentra en un constante desarrollo psicológico y personal que se concreta en diversas manifestaciones que conllevan transformaciones de índole física explicables por sus aptitudes a la hora de modificar la realidad. Cinco serán los Shades que veremos pasar por las páginas de la serie y que necesariamente confieren a la historia un dinamismo inusual respecto a otras colecciones adscribibles al sello Vertigo.


Sin embargo no sólo Shade atrae el interés del lector ocasional. De hecho en más de una ocasión Milligan hace todo lo posible por que sintamos antipatía e incluso repulsión por los actos del personaje, en consonancia con sus cambios de personalidad. Pero ahí es donde entran los secundarios que acompañan a Shade en su búsqueda particular, referida a la comprensión de la naturaleza de la locura. Y son los personajes secundarios quienes, aun en la extrañeza que se supone a cualquiera con la valentía o la inconsciencia de hollar los desconocidos senderos por los que transita nuestro protagonista, acaban por ganarse un lugar en nuestros corazones, ya que es en ellos donde quizás el lector tiene más fácil sentirse identificado en tanto que sus problemas son los que éste ha tenido, tiene o espera tener algún día. En esta galería de personajes estaría Kathy, de la que ya he hablado un poco más arriba; Lenny, una joven bohemia, bisexual, amoral y con un gran ingenio; Shimmy, un joven que se define a sí mismo como una obra de arte viviente; Pandora, quien parece personificar al personaje mitológico sólo que adaptándolo a la realidad norteamericana de los noventa; y otros varios de los que prefiero no hablar a fin de no espoilearos la historia.

John Constantine apareció en la serie (Milligan no podía ocultar su interés por un personaje y una serie que actualmente guioniza en los USA)

Bien, sigamos con el amplio espectro temático que intenta abarcar la serie.
Para empezar y como telón de fondo tenemos a la Norteamérica de principios de los noventa. Con ella, la iconografía al uso, donde la carretera detenta un papel importante unido a la idea de libertad. Todavía se perciben trazas del espíritu fronterizo del XIX. El Sueño Americano ahogado en sangre y corrupción.
Ya hemos calentado motores.
Descendamos al hombre. La personalidad y sus elementos constitutivos. El yo y los otros. Lo extraño. La moral. La amistad. El sexo. La violencia. Conflicto entre lo racional y lo irracional. La imaginación. La creatividad. El Arte y el artista. La vida y la muerte. Ciclos vitales: infancia, adolescencia, madurez, vejez.

¿Algo más? Seguro que sí. Con todo ésto me gustaría que os hiciérais una idea de la complejidad temática que presenta la obra. No es mero entretenimiento. No es simple evasión. Primero requiere que el lector se esfuerce en entrar en el juego de Milligan, que se deje arrastrar por el envoltorio y la dinámica surrealistas de la historia. Una vez aquel se sumerje en la corriente de locura, la misma que lleva al protagonista a ignotas regiones del inconsciente colectivo, todo es cuesta abajo, si bien continuamente el lector caerá en reflexiones en torno a algunos temas cuya sola presencia ya es digna de mención en la medida de que no suele ser habitual incluso en obras dirigidas a un público más adulto como fueron y son las englobadas en el sello Vertigo.

Con ésto no quiero decir que sea difícil leer Shade. Puede costar un poquito al principio, pero incluso en la más rocambolesca de las tramas Milligan pone de su parte al final de cada una para explicarnos de qué iba todo en realidad. Este hecho junto a que constantemente nos recuerdan los cambios recientes por los que han pasado los distintos personajes hacen que la serie sea accesible.

Setenta números pueden parecer muchos (de hecho lo son), y ha de reconocerse que la serie no consigue mantener la atención del lector de forma constante. El ritmo es excelente hasta el número cincuenta, para a continuación decaer y, en los últimos números volver a remontar. ¿A qué puede deberse el bajón? Parece que aquí Milligan, aun introduciendo personajes sin los cuales no se podría entender una parte sustancial del personaje principal y de la historia en general, alargó subtramas apenas relevantes para el conjunto, estirando una premisa básica que hasta el momento había funcionado muy bien. En pocas palabras, empezamos a encontrarnos con paja. Y no es hasta los últimos números cuando el guionista decide plasmar sobre el papel un desenlace que bien pudiera tener esbozado desde el principio. Un final no especialmente original, pequeño de acorde al enfoque humano que prima en esta última etapa de la colección pero que, todo sea dicho de paso, le deja al lector una buena sensación.


Pasemos al apartado gráfico.
Chris Bachalo es, sin lugar a dudas, el artista a mencionar entre todos los que pasaron por las páginas de la serie. Primero porque es quien lleva a cabo un trabajo más efectivo, segundo porque es uno de los que más tiempo permaneció en la colección, y en tercer lugar porque poco tiene que ver lo que hizo para Shade con las obras que desarrollaría después. Contra su barroquismo actual Chris se muestra contenido en esta serie y, lo que es más importante, narra con bastante acierto, una habilidad que en algún momento posterior de su carrera, desafortunadamente, perdió.
Pero dejando de lado a Bachalo, uno de los puntos flacos con los que cuenta Shade es, precisamente, los lápices y/o las tintas. Algunos de sus dibujantes y entintadores, especialmente a partir de los números siguientes al cincuenta, perpetraron un trabajo que a menudo lleva al lector a preguntarse cómo se habría visto la serie de haberla encargado a otros artistas.
Mención aparte merecen las excepcionales portadas de Shade, ilustradas por autores como Brendan McCarthy, Jamie Hewlett o Duncan Fegredo.

Con todo Shade es una obra interesante y original, posiblemente una de las mejores de su guionista, Peter Milligan.

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Scalped

abril 8, 2009 at 10:39 am (DC, Planeta, Vertigo)

scalped

Reconozco que leer al capullín de Garth Ennis en la introducción del primer tomo recopilatorio de Scalped alabando las excelencias de su guionista, el Jason Aaron, y poniendo de relieve su procendencia yanki en un mercado, el del cómic norteamericano, donde hubo un tiempo que fueron “brits” (o irlandeses) los guionistas “hot”, me puso sobre aviso. Aquello no me pareció garantía alguna de lo que estaba a punto de leer fuera necesariamente a gustarme, y más teniendo en cuenta que había leído una historia en dos partes de Hellblazer guionizada por el mismo autor y que, a pesar de prometer mucho me dejó con un mal sabor de boca. Pero el tema me interesaba lo suficiente como para darle una oportunidad así que…

A Scalped uno puede sentirse tentado de definirla como una especie de Los Soprano con nativos americanos como protagonistas. No está muy lejos de la realidad, aunque con ello no le estaríamos haciendo ningún favor al cómic que tenemos entre manos. Porque Scalped ofrece mucho más que un simple culebrón de mafiosos. Y ni por asomo tiene el tono jocoso de la serie televisiva. Scalped estaría a medio caballo entre el noir (fijaos si no en los guiños que hace en los nombres de los personajes) y el thriller, aunque en su planteamiento tienen cabida elementos de crítica social sumamente atractivos en cuanto desconocidos para una parte importante del público.

El pasado tiene buena parte de responsabilidad en lo que le sucede al protagonista indiscutible de la serie, Dashiell Bad Horse, un tipo duro que regresa quince años después a la reserva india que le vio nacer para acabar consiguiendo un trabajo dentro del cuerpo de policía tribal, a sueldo de Red Crow, jefe de la tribu Oglala y poco escrupuloso “hombre de negocios” que está a punto de inaugurar un casino en la región. Allí Dashiell reencuentra a su madre, una activista pro-derechos nativos que estuvo implicada en el pasado en un tiroteo en el que murieron dos agentes del FBI y en el que también participó Red Crow, y con la que ha perdido toda relación.
A pesar de que la serie se centra en las turbias actuaciones de Red Crow en su empeño por conseguir una imagen pública de la reserva adecuada a sus intereses personales centrados en el casino, que a su vez enlaza con todo ese mundo de la mafia al que antes hacía alusión, Scalped ofrece mucho más que ésto.
Es la historia de un individuo enfrentado a una familia que representa las tradiciones de un pueblo del que nunca se sintió miembro. Es la lucha de un pueblo por salir del miserable estado en que se vio sumido después de trabar contacto con el hombre blanco. Son las pequeñas historias del día a día de la gente que vive en una reserva, insignificantes, miserables… y que conforman un cuadro tremendo para aquel no familiarizado con dicha situación.
Además Scalped es una historia de personajes. Aunque Dashiell acapara buena parte del protagonismo, la serie no sería la misma sin los complejos retratos psicológicos de varios otros personajes, como el propio Red Crow o el de la madre de Dashiell, Gina Bad Horse (la madre de Dashiell), Catcher (un extraño nativo perseguido por los fantasmas del alcohol y que guarda un vínculo especial con las tradiciones de sus ancestros), Diesel (que tuvo que luchar desde que era un niño contra los prejuicios de blancos y nativos dirigidos contra sus padres, una pareja interracial, y que se muestra sumamente orgulloso de una ficticia identidad nativa-americana), Fritz (un agente del FBI con más de un secreto)… En Scalped no hay buenos ni malos, sólo personajes definidos por una escala de grises.
La serie tiene un ritmo envidiable, múltiples incógnitas que poco a poco se van desvelando y sorprendentes giros argumentales que, junto a la variedad de temas que toca la hacen más que recomendable y la constituyen como uno de los mejores productos Vertigo que actualmente se publican.
En el lado negativo tan sólo una apreciación personal que tiene buena parte de expectativa defraudada, que no es sino el hecho de que de momento la serie está dejando de lado buena parte del potencial cultural nativo-americano.
Por lo que respecta al dibujo, prácticamente exclusivo de R.M.Guéra después de tres tomos recopilatorios yankis, le va como anillo al dedo al tono “sucio” de la serie, aunque quizás podría ser mejor en cuanto a la narrativa de las escenas de acción.

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Batman de David Lapham

enero 24, 2008 at 2:51 pm (Planeta)

 Tengo personajes a los que de tanto en tanto me gusta volver. Batman es uno de ellos. Resulta curioso, y en cierta manera incomprensible, comprobar cómo una y otra vez acabo por regresar a él. Más que nada porque generalmente la lectura me resulta decepcionante en uno u otro sentido. Como me pasó hace unos pocos meses con el Monster Men de Matt Wagner. Pero no importa. Me digo que lo próximo será mejor, si bien sé que no es fácil debido a la edad del personaje. No sólo le pasa a él. Superman es otro que tal baila. Ambos llevan muchos años saliendo en los tebeos, habiendo protagonizado grandes historias creadas por autores de igual talla, de forma que cada vez es más difícil encontrar un tebeo que sea original, al menos en parte, y que además cuente con la fuerza expresiva que pudo tener en su momento un Year One, por ejemplo. O sea, uno de esos cómics que te devuelven a un tiempo y a un lugar en el que todavía sabías qué significaba ser un héroe, y lo que todavía era mejor, alucinabas con ellos.
Y porque casi me calificaría como idealista incorregible (lo cual es bastante estúpido hoy en día), decía que, en este aspecto, siempre espero que mi siguiente lectura sea mejor. De hecho, deseo que sea así. Que un día encuentre un tebeo de Batman que no me haga cuestionarme el sentido de seguir leyéndole.
Y entonces llega a mis manos la etapa en Detective Comics de David Lapham. ¿Pasaría mi examen?

A David Lapham le conocía por sus Balas Perdidas (La Cúpula), así que cuando me enteré que había escrito un arco argumental para Detective Comics no pude sino ilusionarme. Y resulta que Ramón Bach, había sido el elegido para ilustrar sus guiones. Uah, that was a must-read!
La saga fue desarrollada en Yankilandia a lo largo de los números 801 al 808 y del 811 al 814 de Detective Comics, cómics que Planeta ha publicado en tres volúmenes (del siete al nueve) de su serie regular dedicada al vigilante de Gotham.
En Ciudad del Crimen, historia en doce partes, parece evidente quién cobra especial relevancia junto a nuestro héroe. Sí, su reino, Gotham, cuyas raíces se hunden en el mismísimo infierno. Lapham parte de la injustamente olvidada Gotham, relegada las más de las veces a ser simple escenario, para insuflarle vida, un alma enferma que la troca en monstruosa aberración, pulsante, despiadada, terrible. La ciudad es, ahora más que nunca, una jungla de asfalto de una magnitud espantosa. Y las personas que residen en ella no pueden esperar librarse a su pérfido influjo, capaz de arrastrarles en una vertiginosa, descendente espiral de desesperación que no conduce sino a la muerte cuando no a un destino acaso peor. Lapham recurre a ese mundo que conoce tan bien y que le dio a conocer. Una ambientación propia de una serie negra sucia, cruda, mezclada con algo de pulp. Estas líneas maestras impregnan la historia y cada uno de sus componentes. Las miserias de la condición humana que encontramos documentadas por doquier, nos proporcionan una perspectiva más realista de lo que viene a ser habitual en un tebeo de superhéroes, aunque no nos engañemos, los convencionalismos del género siguen estando ahí.
Aun así, el resultado es peculiar, y en lo que a mí respecta, hasta chocante. Probablemente se deba a mis anteriores lecturas de otros cómics de Batman, donde la concepción del vigilante era más clásica, más apegada a su faceta mítica. En comparación, esta Ciudad del Crimen es un jarro de agua fría (aunque, como digo, sigue siendo un simple cómic de superhéroes, con todo lo que ello implica). Precisamente en lo que respecta a Batman, Lapham incorpora un enfoque interesante, el del héroe falible, tema que está presente desde las primeras páginas que abren la saga. El hombre murciélago se ve forzado a aceptar sus limitaciones, y todos sabemos cómo es Wayne… En efecto, lo que para el común de los mortales es algo habitual, para Batman supone un esfuerzo sobrehumano. El héroe, enfrentado a su error, trata por todos los medios de compensar el mal que no ha podido evitar, cayendo en una dinámina malsana, obsesiva, en la que a una resignación dictada por las circunstancias le sigue un arrebato incontrolable de rabia coronado por una súbita explosión de violencia catárquica que permite devolver las aguas al curso de la aceptación. Por otro lado, a esta perspectiva del personaje cuanto menos interesante, Lapham suma, y de paso recupera, el carácter detectivesco que da nombre a la colección. Batman es, en efecto, un detective con un caso que solucionar. El problema es que no está a la altura de su excelente fama como tal, lo cual nos remite a la historia.
Independientemente de las motivaciones que muevan a Batman en esta Ciudad del Crimen, lo cierto es que Lapham nos presenta un enigma que nuestro héroe deberá resolver. Un enigma con múltiples ramificaciones que en última instancia concierne a toda Gotham. Una trama vertebradora de relativamente sencilla explicación, que se adorna en exceso, yuxtaponiendo subtramas que, en ocasiones, sólo inciden tangencialmente en aquella, cuando no son un ardid tramposo que, como todo engaño que se precie, se descubre al final. Me pregunto si la considerable extensión de la saga (recordemos, doce partes) no habrá sido el motivo para engalanar el conjunto. Lo que no deja lugar a dudas, es que nos podíamos haber ahorrado algún que otro número. Números de relleno que, todo sea dicho, sólo aportan ambientación siguiendo la línea maestra que os comentaba un poco más arriba, al tiempo que ponen en evidencia las dotes detectivescas de nuestro protagonista hasta tal punto que casi resulta ridículo. Otro problema, éste acaso más acuciante que el de la paja, es el de una parte de la resolución, centrada en el desenmascaramiento del villano que ha traído de cabeza al pobre Bats. ¿Por qué después de marear tanto con este nuevo enemigo, que responde al nombre de El Cuerpo, no nos dejan claros sus antecedentes así como los pormenores de su plan? Qué queréis que os diga, pero me sabe a desenlace precipitado. Y si a todo ésto le añadimos una estructura narrativa fallida, donde las subtramas se entremezclan en una maraña confusa de la que participan excesivos secundarios, y un ritmo narrativo irregular, el resultado es un guión que, sin hacer agua del todo sí que acusa sus defectos de forma evidente, y no sólo durante la lectura sino que también una vez finalizada la misma. 

Por todo ello, sorprende este trabajo de Lapham, habida cuenta de otras obras suyas que había podido leer. Menos extraño me resulta el control que DC ejerce sobre la mayor parte de los autores que abordan su universo, saco en el que debemos incluir a Lapham, y que le obliga a echar mano de algún que otro truco tramposo. Una verdadera lástima.
Pero no todo van a ser reproches. La historia, pese a todo, se deja leer, y a mí personalmente me enganchó, si bien, a medida que transcurría la acción y se iban desvelando secretos (ese homenaje a la novela de Jack Finney, adaptaciones cinematográficas aparte), mi interés fue disminuyendo, y reconozco que al final deseaba que acabara ya de una vez.
Por lo que respecta al dibujo, al parecer Lapham se ocupó presuntamente de los bocetos, que Ramón Bachs acabó de perfilar, si bien me gustaría saber a qué se están refiriendo con layouts porque muy poco del autor de Balas Perdidas veo yo en esta Ciudad del Crimen. De una forma u otra, Bachs realiza un buen trabajo, en consonancia con ese carácter al que he aludido un poco más arriba donde la ambientación pasa de ser mero telón de fondo a casi un personaje más.
En resumidas cuentas, una nueva decepción que se suma a las últimas lecturas que he hecho del personaje. Y pese a todo, sigo con ganas de leerme alguna cosilla más del Señor de la Noche. Lo dicho, masoca.

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